Del acoso sexual al acoso laboral, una historia que también sucede en la universidad

El mundo de la ciencia en las universidades está impregnado de historias de acoso sexual

En México investigadoras y científicas también son blanco de acoso sexual en las universidades. Este tipo de violencia puede tener una escalada como el acoso laboral y perjudicar el trabajo investigativo, la economía y la psicología de las mujeres en las ciencias.

Por Georgina González (México)

 

El abanico de la violencia de género en México es amplio: de los piropos no solicitados a la violación, del acoso normalizado a los feminicidios.

La violencia de género puede presentarse en espacios públicos y privados y tanto hombres como mujeres pueden recibirla. Pero, es importante señalar que este tipo de violencia es una consecuencia de las desigualdades estructurales que cruzan sobre todo a mujeres y personas LGBTI+.

En México se cometen alrededor de 600 mil delitos sexuales al año, esto según el Diagnóstico sobre la atención de la violencia sexual en México realizado por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV). Del total de delitos anuales solo se abren 20 mil averiguaciones previas y en el 1% de los delitos se consigna al agresor frente a un juez.

Ocho de cada diez víctimas de violencia sexual son mujeres. El 25.6% de las víctimas de delitos sexuales con averiguaciones previas son estudiantes.  

El informe estima que en el periodo de 2010 a 2015 se cometieron 2 millones 996 mil delitos sexuales tomando en cuenta la cifra negra que corresponde al 94.1% (delitos sexuales que no son denunciados por las víctimas).

Desde 2007, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV) reconoce el acoso y hostigamiento sexual como figura jurídica que solo aplica a las mujeres en ambientes laborales y educativos.

En México no existe un antecedente que analice la dimensión del problema del acoso sexual en las universidades.

Las agrupaciones de estudiantes feministas organizadas como la Red No Estás Sola, La Cuarta Ola, Acoso en la U, entre otras, son quienes han puesto el tema en la agenda pública y han realizado acciones por visibilizar el problema, denunciar las omisiones de las autoridades universitarias, acompañar a las víctimas en el proceso de denuncia y exigir la creación de protocolos para atender este tipo de violencia.

En #PasóEnLaU revisamos 8 universidades de México, 4 públicas y 4 privadas: Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad de Guadalajara, Universidad Autónoma de Nuevo León, Instituto Politécnico Nacional, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Universidad Iberoamericana, Instituto Tecnológico Autónomo de México y Universidad Tecnológica de México. De éstas, solo 7 cuentan con protocolo contra el acoso y la violencia sexual.

Los datos y la transparencia sobre la existencia de este tipo de violencias en las universidades de México y la región son difusos o poco claros.

El mundo de la ciencia en las universidades no está exento de replicar violencias machistas donde además, el silencio reina con tal de no perjudicar a quienes mantienen el prestigio de las universidades e institutos.

En junio del año pasado, el Comité de Mujeres en Ciencia, Ingeniería y Matemáticas (CWSEM, por sus siglas en inglés) lanzó el informe Acoso sexual en las mujeres: clima, cultura y consecuencias en las Academias de Ciencia, Ingeniería y Medicina luego de que el movimiento #MeToo y Time’s Up destapara a agresores de Hollywood. El documento hace un análisis basado en estudios, entrevistas, estadísticas e informes que datan de la década de los ochenta al presente y destaca que más de la mitad de las mujeres (alumnas y profesoras) en esos ámbitos han sido víctimas de acoso laboral, sexual o ambos, abuso sexual, menosprecio personal y profesional durante su formación o ejercicio de su profesión.

El informe destaca que “cuanto mayor es la frecuencia, la intensidad y la duración de las conductas de acoso sexual, más mujeres reportan los síntomas de depresión, estrés y ansiedad, y efectos generalmente negativos en el bienestar psicológico”.

Además, el documento da cuenta que la deserción escolar, el abandono de proyectos y la pérdida de talentos son algunas consecuencias del acoso sexual ejercido contra alumnas e investigadoras. También, la participación de las mujeres en la ciencia se ven amenazado por este tipo de violencias.

En México, 3 de cada 10 investigadores son mujeres de acuerdo a cifras del Instituto de Estadística de la UNESCO.

El informe más reciente de UNESCO titulado Descifrar el código: la educación de las niñas y las mujeres en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) señala que en México el porcentaje de universitarias matriculadas en ciencias naturales, matemáticas y estadística oscila entre el 47 al 53 por ciento. Mientras que en carreras de ingeniería y construcción va del 25 al 29 por ciento.

Según este informe México, Chile, Perú y Costa Rica son los países con menor representación de artículos científicos publicados por mujeres, con un porcentaje menor al 38 por ciento.

En el laboratorio, en el congreso, en el aula, en el barco. El mundo de la ciencia está impregnado de historias de acoso sexual cuyas consecuencias trastocan de manera profunda la psicología, economía y trabajo de las investigadoras que solo quieren hacer ciencia en espacios libres de violencias machistas.

“Yo lo único que quiero es que me dejen trabajar. Amo la ciencia, me encanta mi trabajo. No quiero vengarme de él y que le vaya mal, ni que le quiten su trabajo. Quiero quitarmelo de encima y que me deje trabajar. Tengo miedo todo el tiempo. Es horrible.”, señala Rebeca.

Más del 50% de las académicas, investigadoras y trabajadoras de universidades informan haber sido acosadas. Entre el 20 y 50 por ciento de las alumnas experimentan un comportamiento de acoso sexual perpetrado por profesores y personal universitario.

Según datos del Comité de Mujeres en Ciencia, Ingeniería y Matemáticas (CWSEM, por sus siglas en inglés)

La historia de Rebeca

“Quien me acosó es un investigador, de hecho, le dicen: el doctor acosador”.

Rebeca tenía 38 años cuando viajó a Manzanillo, Colima, para presentar una ponencia sobre toxinas. Al finalizar su presentación, Juan Carlos, investigador nacional nivel III se acercó a ella para pedirle sus datos. Rebeca accedió, pensó que esté contacto podría ser útil para una oportunidad de trabajo luego del doctorado; sin embargo, él tenía otras intenciones. La invitó a salir. Ella dijo no, y caminó al hotel para reunirse con sus directores de tesis.

Varios colegas le advirtieron a Rebeca esa noche de octubre de 2013: “mantente lejos de él”.

Lo descrito corresponde a las primeras líneas de una denuncia que narra el acoso sexual que recibió Rebeca por parte de un investigador de la máxima casa de estudios de México, quien insistió con insinuaciones sexuales durante un año para que ella aceptara salir con él. Acoso sexual que mutó a acoso laboral luego de las negativas concedidas por Rebeca.

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“Traté de ser lo más educada posible para decirle que no. Creo que él se quedó enojado. Luego de eso nuestras interacciones fueron mínimas y desagradables”, explica Rebeca.

El acoso sexual ejercido por el investigador se transformó en acoso laboral en 2016 y desde entonces el ejercicio científico de Rebeca ha sido obstaculizado por su acosador y por la directora del Instituto perteneciente a la máxima casa de estudios de México.

“Tú sabes que sin mí no puedes, no eres capaz, no vales nada”, fueron los gritos que propinó Juan Carlos contra Rebeca el 8 de diciembre de 2016.

Ese día, el investigador entró sin avisar a la oficina de Rebeca. Cerró la puerta y gritó para dejarle en claro que necesitaba de él para conservar su trabajo. Al salir de la oficina, Juan Carlos azotó la puerta.

Asustada, temblando de miedo y al borde del llanto, Rebeca salió de ahí para buscar socorro. En el camino se encontró con una investigadora, quien le aconsejó denunciar lo vivido con la directora del Instituto.

El 13 de diciembre Rebeca se reunió con la directora del Instituto para contarle lo que había sucedido días atrás, en ese encuentro le contó también que en 2013 el investigador la había acosado sexualmente.

“Nunca más vuelvas a estar a solas con él, si él entra a tu oficina tú te sales. No vuelvas a estar nunca a solas con él y cuídate mucho”, fueron las palabras de la directora para Rebeca. Pero aquel consejo duró poco, meses más tarde, cuando Rebeca solicitó un espacio distinto donde trabajar, la directora remató diciendo: “tienes que trabajar en el laboratorio de él”.

“Ella tiene dos años tratando de obligarme a trabajar con mi acosador. Ella sabe que ha sido mi acosador y no sé si se divierte viendo a la gente enfrentar eso”, señala Rebeca.

Entre 2017 y 2018, Rebeca se dedicó a su trabajo científico con recursos propios y apoyos de colegas, ocupó un laboratorio conjunto lejos de su acosador. Además, en enero del año pasado, 2018, recibió un dictamen satisfactorio sobre su investigación por parte de una institución dedicada a promover y estimular el desarrollo de la ciencia y la tecnología en México.

El 10 de agosto de 2018, Rebeca solicitó una reunión con Juan Carlos con motivos de una carta que requería de él para su recontratación con el Instituto, pero éste nunca le entregó la carta, en cambio reclamó: “por qué la niña Valeria ya no va a mi laboratorio. Deja de decir cosas sobre mí”.

“Me dijo que enviaría una carta muy fuerte para revocar mi contratación. Contra mi voluntad me jaló frente a un investigador que me acompañaba y me dio un beso en la mejilla a la fuerza”, recuerda Rebeca.

Y añade: “mi trabajo está en vilo gracias a una carta completamente subjetiva de mi acosador, hostigador, que dice que no trabajo. Así se está tomando la decisión de mi recontratación en el Instituto”.

Acoso flotante: “Somos tres las violentadas por él”

Rebeca denunció en la Unidad de Atención de Denuncias por hostigamiento sexual y laboral al investigador Juan Carlos el 4 de diciembre de 2018, a su denuncia se sumaron las de otras dos mujeres y voces de testigos respaldaron a las víctimas frente a las violencias ejercidas por el investigador en el Instituto y en un barco al servicio de la investigación científica.

“Cuando se sube al barco (el investigador) elige a alguna víctima. Ha tratado incluso de besar a alumnas, las agarra, las toca y, ¿a dónde van a correr? Los chicos de ahí se han puesto de acuerdo para proteger a las chavas (chicas), no las dejan ir ni al baño solas para que no se las vaya a topar este hombre. Y así, hay varias historias, pero la más preocupante es la del barco porque ni a dónde huir”, narra Rebeca.

Las otras dos denuncias tienen que ver con acercamientos físicos que Juan Carlos ejerció dentro de las instalaciones de la universidad, como rodear la cintura, abrazos y besos sin el consentimiento de las víctimas.

Por alguna razón desconocida, las cartas emitidas por los testigos que aseguran la existencia del acoso cometido por el investigador en la nave marítima se filtraron y llegaron a Juan Carlos, el denunciado.

Muchas gracias por las cosas tan bonitas que dices de mí. Ya sabes que tu tesis no hubiera sido posible sin mi ayuda, pues no tienes la capacidad”, fue el mensaje que envió Juan Carlos a una de las víctimas.

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Luego de que Juan Carlos mandara la carta para impedir que Rebeca fuera recontratada por el Instituto, el consejo encargado de dictaminar su situación laboral realizó el proceso cuando ella se encontraba en Europa con motivo de su propio trabajo investigativo.

“A mi regreso me enteré que hubo irregularidades en el proceso, en el quórum y que además, la decisión del consejo no fue negativa sino que no se pusieron de acuerdo. Pero el Instituto me mandó su respuesta, la cual era la no recontratación. Fue ahí que decidí denunciar”, describe Rebeca.

El 25 de enero de 2019 las autoridades universitarias emitieron el fallo de la denuncia por acoso sexual y laboral que hizo Rebeca. La sanción para su acosador fue una amonestación.

Para Rebeca la resolución que recibió sobre su denuncia fue un mensaje mas que un proceso de verdadera justicia.

“El mensaje es: ¿Quiéres denunciar? Mira lo que le pasó a ella. Tú sigues, así que mejor calladita. Esta situación la saben las autoridades universitarias desde hace mucho tiempo y solo le dieron una palmadita en el hombro, nada más. ¡Fueron tres denuncias y tres cartas de testigos!”, enuncia Rebeca.

El futuro de Rebeca como investigadora es incierto.  

Desde que Juan Carlos comenzó a acosarla sexualmente en 2013 y tras el acoso laboral que ejerció contra ella desde 2016, la estabilidad económica, de salud mental y física de Rebeca se tambalean.

Rebeca vive con ansiedad, miedo, trastornos del sueño, de alimentación, de comportamiento y tiene problemas para concentrarse. Así mismo su diabetes se descontroló, actualmente además de la insulina diaria que requiere su cuerpo para controlar su enfermedad, Rebeca mantiene un régimen medicinal con dosis máximas de metformina y empagliflozina. Y recibe tratamiento farmocológico por parte de un psiquiatra.

“Yo lo único que quiero es que me dejen trabajar. Amo la ciencia, me encanta mi trabajo. No quiero vengarme de él y que le vaya mal, ni que le quiten su trabajo. Quiero quitarmelo de encima y que me deje trabajar. Tengo miedo todo el tiempo. Es horrible.”, señala Rebeca.

El caso de Rebeca rebela que el acoso sexual no solo se presenta en relaciones de poder verticales entre profesores y estudiantes de universidades, sino que se expande en diferentes espacios académicos y científicos destinados a la investigación en donde si bien existen relaciones de poder éstas pueden permear y afectar otras esferas como el trabajo, la economía y psicología de las mujeres en la ciencia.

*Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de la víctima

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